Nosotros

Como he indicado en Inicio, muestro aquí una reseña de mi vida profesional.

  • Licenciado en Físicas por la Universidad de Zaragoza.
  • Doctor en Físicas por la misma Universidad, con una tesis titulada "Los conceptos en la resolución de problemas de física "bien estructurados": aspectos identificativos y aspectos formales"
  • Catedrático de Enseñanza Secundaria. Anteriormente había sido Profesor Agregado de Bachillerato
  • Cuando obtuve la licenciatura trabajé durante cinco años en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de Educación General Básica, después oposité al Cuerpo de Profesores Agregados de Bachillerato
  • He sido Profesor Asociado de la Universidad de Zaragoza durante trece cursos, unas veces del Departamento de Didáctica de las Ciencias Experimentales y otras, del Departamento de Física Aplicada
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  • He realizado los siguientes trabajos:
  • Participación en once proyectos de investigación, todos de carácter didáctico, la mayoría financiados por el Gobierno de Aragón.
  • Presentación de seis ponencias y un póster en congresos nacionales e internacionales
  • Publicación de catorce artículos, un capítulo de libro, un folleto, tres notas breves y una comunicación a un periódico, todos ellos de carácter científico y didáctico, que se describen en el apartado Productos de esta web
  • Elaboracion de trece vídeos de corta duración, que también se describen en Productos
  • Elaboración de cuatro webs, que se describen en el mismo apartado
  • Asistencia a dieciocho cursillos para completar la formación
  • Actualmente colaboro con el grupo de investigación T3Axel:Textos, Territorios, Tecnologías. Análisis cruzados Entre Lenguajes
  • He impartido un taller sobre Julio Verne: globos, submarinos y helicópteros para niños de Educación Primaria

Esto no es un curriculum, pero sí que da una idea del trabajo realizado en el desarrollo de mi profesión. Puede servir a los alumnos que consideren la posibilidad de dedicarse a la enseñanza y a profesores que  comienzan su carrera, para conocer algunas de las actividades que realiza un profesor de un modo no habitual. Muchas de ellas no están remuneradas y además llevan mucho trabajo pero son interesantes y hasta divertidas, evidentemente si se hacen es porque gusta hacerlas. Además un vídeo o una publicación pueden llegar a mucha gente durante muchos años y serle útil, y eso es otro motivo de satisfacción y otro motivo para hacerlos.

La parte de trabajo más importante de un profesor, cualitativa y cuantitativamente es la clase. Si algún lector de estas líneas tiene que decidir si se dedica a la enseñanza, debe considerar muy seriamente si se encontraría cómodo en esa actividad. En muchas ocasiones, la relación con los alumnos es buena y la actividad de dar clase resulta satisfactoria, pero en otras ocasiones, no lo es y debemos afrontarlas, respetando a los alumnos pero con firmeza. Hay que considerar si sabríamos desenvolvernos en este contexto.

 

 

De esta manera, puedes resaltar la información o anuncios importantes del texto.

Aunque, en el mundo actual, con la comunicación global que permite internet, el que se cite el trabajo de una persona desde un punto situado a miles de kilómetros tiene un valor parecido al de una cita de alguien próximo, no deja de producir ilusión, verse citado desde países lejanos porque piensas que tu trabajo ha podido servir a un mayor número de personas. Para un profesor universitario, parte de cuyo trabajo es publicar, debe de parecer algo normal, pero para un profesor de secundaria es algo especial, que produce una cierta emoción.  He visto citas de algunos de mis trabajos escritas desde Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Estados Unidos.

Por lo que respecta a las investigaciones, hay que advertir que se necesita financiación para poder llevarlas a cabo. En muchas ocasiones se debe consultar algún artículo y lo normal es que haya que pedir fotocopias del mismo a un servicio que las proporcione y, evidentemente las cobran.

Hay artículos que lo único que requieren para su elaboración es una idea y ser capaz de desarrollarla, pero lo normal, sobre todo si se van a publicar en una revista de un cierto nivel, es que haya que conocer libros y artículos que traten del tema, para describir antecedentes y apoyar algunas afirmaciones.

Los vídeos del tipo que he hecho también requieren ideas. Muchos se pueden hacer de modo rudimentario. Todos los que muestro están realizados en colaboración con alumnos del Ciclo Formativo de Grado Superior de Sonido que se imparte en el Instituto Ramón y Cajal. La filmación, el montaje, la grabación de las locuciones y la incorporación de estas y de la música, han sido hechos por alumnos

Anécdotas y otros acontecimientos

Los hechos profesionales son importantes, pero por otra parte, mi experiencia me ha convencido de que es bueno que los alumnos vean al profesor como una persona, cercana en lo posible, a la que le han pasado cosas, como  a ellos. Si en clase, solo se habla de la asignatura, esto no se consigue. Es conveniente, alguna vez, salirse  del guión. A los alumnos les interesa mucho, lo agradecen y cambian la visión que tenían de ti. Se dice muchas veces, y es  cierto, que es importante conocer a los alumnos. Lo que pretendo decir es que también es bueno que los alumnos conozcan al profesor.

En el instituto Ramón y Cajal  ha habido, por dos veces, un concurso de microrrelatos para profesores, en los que había que escribir un relato de 90 palabras o menos. Yo me he presentado, por colaborar, sabiendo que era un juego y que no iba a ganar, pero era un pequeño desafío, el tratar de contar algo, de modo comprensible, con tan pocas palabras. Además, quería reivindicar el estilo sencillo, con pocos adjetivos y metáforas, que es el mío y el que más me gusta. Como no tengo mucha imaginación para inventar cuentos, los relatos eran autobiográficos. Los aprovecho aquí como anécdotas de mi vida y los dedico a mis alumnos. Los microrelatos son los cinco primeros. Añadiré alguno más, sin la presión de las 90 palabras.

Lo que relato aquí es un conjunto breve de cosas que o son buenas o son inocuas. No pretendo que sea una biografía ni un retrato fiel, pero para contribuir a mostrar un rostro humano a los alumnos, puede ser suficiente

 

 

La escalera

"Me voy a jugar a la escalera" decía con frecuencia cuando tenía siete años.  Era un lugar maravilloso. Saltando los últimos escalones de cada tramo podía volar; la tabla de planchar de mi madre era un trineo; pero lo más fantástico ocurrió un día de verano. En la calle había una luz cegadora y la escalera estaba muy oscura. Jugaba yo, cerca del portal, cuando entró un vecino. Me quedé quieto en un rincón y el vecino pasó por mi lado sin verme. Aquello era asombroso. Me había vuelto invisible.

 

La piscina

Tenía seis años y aquel domingo iba a ir a la piscina por primera vez.  Llegó al recinto, se puso el bañador y fue con su familia, al lugar soñado. La gente chapoteaba, reía. Aquello parecía más divertido de lo que había imaginado, así que, echó a correr, dio un salto y se zambulló en el agua. Su padre se lanzó inmediatamente para sacarlo. A pesar del tiempo transcurrido, aún recuerda las burbujas pasando por delante de sus ojos mientras se hundía.

 

Tres segundos antes de morir

Subía al Monte Perdido con tres amigos. Iba distraído cruzando un nevero, cuando me resbalé y caí deslizándome por la pendiente.  Intentaba frenar pero no podía.  Pensé que iba a morir y llegaron a mi mente muchas imágenes del pasado y del futuro. Mis abuelos, mis padres, yo cayendo por el precipicio, muerto al fondo, mis amigos llorando, yendo a buscar ayuda, llevando mi cuerpo sobre un mulo... Por fin clavé el piolet en la nieve helada y pude pararme. Entonces vi que no había precipicio al final del nevero.

 

Quién lo iba a decir

Zaragoza, Navidad en los años 50. Un niño de seis años le da un puñetazo a su abuela, en la pierna. Sus padres le riñen, unos vecinos se enteran y van a la radio para que el pájaro Pinzón lo cuente en su programa de las ocho de la tarde y el niño se avergüence. A los pocos días, una niña, en su casa, oye la invectiva del pájaro, se horroriza y piensa que aquel niño es el demonio. Veinte años más tarde se casa con él.

 

No era lo que parecía

Necesitaba aprender a subir por una cuerda lisa. Conseguí una  buena soga y una noche, me fui con ella a un parque próximo a mi casa. Elegí un árbol corpulento, lancé un extremo de la cuerda por encima de una de las ramas y cuando la estaba atando, vi que un hombre  se acercaba con paso rápido y cara de susto. Le expliqué que no pensaba ahorcarme, di unos saltitos de precalentamiento, y me puse a aprender a enredar la soga en los pies.  Contrariado, el hombre se fue.

 

Estocolmo

El verano en el que tenía 19 años fui a Estocolmo a trabajar. Un compañero de curso que había estado anteriormente, algunos veranos, nos decía que era fácil encontrar trabajo en la hostelería, sobre todo fregando platos. Además, se ganaba bastante. Fuimos cuatro amigos, que ya lo éramos desde el colegio, uno estudiaba medicina, dos, químicas y yo físicas. Ellos se adelantaron y yo tuve que ir más tarde porque tenía un examen a finales de junio. Estuvimos en un cámping. Todos conseguimos trabajo, hicimos algo de turismo y conocimos bastantes personas: japoneses viajeros, sudamericanos que estudiaban en Moscú, algún español que había emigrado hacía años. Fue una experiencia interesante y el salir fuera a esas edades teniendo que arreglártelas sin ayuda, me parece muy recomendable.

 

El caballo

El verano de mis veinte años hice el primer campamento de las milicias univeritarias y cuando acabé la carrera, terminé el servicio, al realizar las prácticas de alférez en el cuartel Sancho Ramírez de Huesca, durante el verano siguiente. Era un cuartel de tropas de montaña y había en él muchos caballos y mulos. Un compañero de Navarra, que también hacía las prácticas, pensó que estaría bien montar a caballo y me pidió que lo acompañara. Ninguno habíamos montado nunca. Le pedimos a un cabo que sabía un poco, que nos ayudara y salimos los tres, después de unas breves explicaciones. Como era verano, había muchos campos de trigo y cebada recien segados y llegamos a ellos fácilmente, ya que el cuartel estaba en las afueras de la ciudad. En un momento dado, el caballo del cabo se puso a correr, no se si trotaba o galopaba. El mío se contagió y también se puso a correr. El rastrojo por el que corríamos se iba a terminar y yo no sabía qué haría el caballo al llegar al final.  Sí que sabía que había que tirar de las riendas para que parara, pero no sabía cuanto, y pensé que si tiraba muy fuerte, tal vez el caballo pararía en seco y yo saldría volando por encima de las orejas, con la posibilidad de romperme la cabeza, así que lo que se me ocurrió fue tirarme por la derecha y así lo hice. Como estábamos en un rastrojo, no me hice demasiado daño. El caballo se paró enseguida en cuanto notó que yo me había bajado y se puso a comer hierba como si aquello no fuera con él. Volvimos al cuartel y se nos quitaron las ganas de repetir. Suelo pensar en aquello, tal vez por deformación profesional, como en un modo de resolver un problema.

Por cierto, unos veinte años después de aquello, el actor Christopher Reeve, el que interpretó a Superman, quedó tetrapléjico de una caída de caballo en un concurso de saltos de obstáculos.

 

Coincidencia de apreciación

Hasta el comienzo de los estudios universitarios, estudié en el colegio de las Escuelas Pías de Zaragoza, en la actual calle Conde de Aranda. De vez en cuando, venían sacerdotes que no conocíamos para que, quien quisiera se confesara con ellos, si no le apetecía hacerlo con uno de los del colegio. Se ponían en los bancos de la iglesia, convenientemente separados, y los alumnos, hacíamos las correspondientes colas para confesarnos con el que habíamos escogido. Estaba yo en una de esas colas, miré a mi alrededor y vi a otro de los sacerdotes  que estaba confesando a un chico y pensé "¡Qué cara de atún tiene ese hombre!". En estas, el compañero que estaba delante de mi, se vuelve y me dice: "¿Has visto qué cara de atún tiene aquel cura?" Me entraron las ganas de reir más fuertes que he tenido en mi vida, pero lo pasé muy mal, porque estábamos en una iglesia, con bastante silencio y no podía hacer ruido. No sé lo que hice, pero fue una situación muy contradictoria.

 

Estancia en los Archivos Jean Piaget, en Ginebra

Aquí estuve quince días, en agosto de 2003, gracias a la financiación del viaje por la Consejería de Educación del Gobierno de Aragón, que convocó unas ayudas para estancias breves en centros de investigación, y obtuve una de ellas. Conseguí copias de muchos de los trabajos de Piaget, vídeos de experiencias sobre la etapa de las operaciones concretas; pude consultar a J. J. Vonèche, director de los archivos y discípulo directo de Piaget, también hice una consulta por email a Rolando García, epistemólogo,  coautor con Piaget de "Psicogénesis e historia de la ciencia", que se encontraba en Sudamérica y que me contestó amablemente. No pude ver, como era uno de mis objetivos, el material utilizado por Bärbel Inhelder para estudiar aspectos del razonamiento de  niños y adolescentes, lo que le llevó a descubrir la etapa de las operaciones formales y a escribir con Piaget "De la lógica del niño a la lógica del adolescente". Según me dijo el profesor Vonèche, se estaban cambiando de edificio, porque habían construido uno nuevo para su facultad y había un cierto desorden en esos materiales. A pesar de este pequeño contratiempo, la estancia me resultó muy provechosa y la recuerdo con nostalgia.

 

Un canadien errant

A los dieciocho o diecinueve años, subía con frecuencia al Pirineo a hacer travesías, lo que hoy se llama trekking, aunque por lugares, generalmente sin senderos. En una de aquellas travesías, tres amigos y yo llegamos desde Ordesa a Bujaruelo. En aquel tiempo, en unas casas que había, se hospedaban unos leñadores, que estaban talando pinos y que, por cierto, entre otras cosas, cenaban unas cebollas, asadas en las brasas, que aderezaban con sal, aceite y vino, en lugar de vinagre, no sabemos si porque no tenían vinagre o porque les gustaba mucho el vino. Había también unos guardiaciviles. Uno de ellos era andaluz y nos dijo que pedía el traslado siempre que podía y que cuando iban a buscar a alguna persona perdida, ellos volvían más cansados que los montañeros.

La tarde del día en que llegamos, apareció por allí un joven de unos veinte años, abrazado a un frasco de vidrio, que contenía un poco de agua, con cara de desesperación, y se dirigió a nosotros hablándonos en italiano. Pudimos averiguar, cuando conseguimos que hablara en francés, que era canadiense, de la zona de Quebec, que estaba de viaje por Europa y en esos días, residía en Gavarnie, un pueblecito al otro lado de la frontera, en Francia, en el valle del mismo nombre y que se había perdido y pasado mucha sed. Parecía que sus penalidades habían terminado, pero no, el mayor susto estaba por llegar, y se lo llevó cuando el guardiacivil se puso a hacerle preguntas. Llevaba una metralleta colgada al hombro y dirigida horizontalmente, apuntando hacia delante, con lo cual, apuntaba al que se le ponía delante y por otra parte, le hablaba en español y a gritos, tal vez por eso que se dice a veces que si los extranjeros no nos entienden, creemos que no nos oyen y les gritamos. El pobre canadiense, veía pues, un guardiacivil que le apuntaba con una metralleta y le gritaba, en un idioma que no entendía. Menos mal, que nosotros pudimos aclarar la situación en cuanto nos dimos cuenta. Al día siguiente, lo acompañamos a la frontera, desde donde era muy fácil ir a Gavarnie, porque había carretera asfaltada  por la parte francesa, ya que se había pensado en comunicar así el pueblo francés con Bujaruelo, pero por la parte española no se había construido nada, por eso, en cuanto llegó a España , a poco que anduvo, se perdió. Con el canadiense nos escribimos unas cuantas veces pero lo dejamos y hemos perdido el contacto hace ya mucho tiempo.

 

Compiègne y Brest


En el verano del 85, a finales de agosto, se celebró en Compiègne un "Stage Européen d´Information sur les Sciences
et Techniques Spatiales", al que pude asistir gracias a una ayuda del Consejo de Europa. Lo mismo ocurrió en el 89, en Brest. Fue una experiencia muy interesante por varios motivos: Lo principal fue que los contenidos de las charlas estaban muy bien elegidos y las personas que los desarrollaban eran grandes especialistas en la materia, tengamos en cuenta que Francia tiene una industria espacial muy desarrollada; tuve que esforzarme con el idioma, ya que era el único español, en ambos casos; los stages estaban muy bien organizados, pues a parte de las charlas,hubo alguna excursión, visita a Ifrmer en Brest, el centro oceanográfico más importante de Europa; visita a un buque de guerra; realización de alguna práctica de Física en la Universidad Tecnológica de Compiegne; algo de tiempo libre. Por cierto, en la excursión que partió de Brest, estuve sentado en el autobús junto a otro profesor que se llamaba Lancelot, yo me llamo Arturo, y visitábamos Bretaña.

Gracias a estos stages elaboré la ponencia "Propuesta de utilización de las Ciencias Espaciales en BUP" y el artículo "Una explicación elemental de la precesión de algunas órbitas"

 

La inconsciencia de la juventud

Esto ocurrió en el año 1972. Yo tenía 21 años. Un día estaba sentado en las escaleras de la Facultad de  Ciencias, con otros compañeros y surgió el tema del entrenamiento de los paracaidistas. Yo había visto un reportaje en el NODO en el que se mostraba cómo se tiraban desde una altura de unos cuatro metros, sin paracaídas, una altura un poco mayor a la del alfeizar de las ventanas del laboratorio de óptica, que estaban a la derecha de la entrada de la facultad y se veían desde donde estábamos. Pocos días después de aquella conversación, nos quedamos encerrados en dicho laboratorio, varios compañeros y yo, porque estábamos trabajando por la mañana, se nos hizo tarde y el bedel cerró el laboratorio sin darse cuenta de que había gente dentro. Pensamos en salir por la ventana. Lo razonable habría sido descolgarnos, sujetándonos con las manos al alfeizar, con lo cual, la distancia de los pies al suelo habría sido de algo menos de dos metros, que no es mucho para saltar. pero como habíamos hablado de que los paracaidistas se tiraban desde la altura correspondiente al alfeizar, sin encomendarme a Dios ni al diablo, me puse de pie en dicha parte y salté. además, por hacer una broma, dije "adios mundo cruel" que era la frase que decían los personajes del TBO cuando pensaban que iban a morir. No me rompí ningún hueso, pero durante un rato, no me pude poner de pié acausa del daño que me hacían los tendones de Aquiles. Cada vez que pienso en aquello me asusto un poco, porque me doy cuenta de lo  tontamente que puede producirse un accidente por no medir correctamente un peligro.

Contacto

Arturo Carcavilla Castro arturocar14@gmail.com